En toda comunidad donde circula un poder simbólico, no solo se produce y comparte conocimiento; también llueven versiones. Versiones sobre las personas, sobre los hechos y sobre aquello que “se dice” que está pasando, aunque no siempre esté ocurriendo en la realidad. Se instala así un ecosistema que se ha perfeccionado con el tiempo: breve, insinuante y, hasta cierto punto, eficaz. Para tener validez en la percepción no necesita pruebas, pero sí timing. Porque estos mensajes no buscan demostrar; buscan instalar.
Esto no es un fenómeno menor. Tampoco es nuevo. Se ha colado en nuestras dinámicas cotidianas hasta volverse parte del paisaje. Incluso, hay quienes esperan el “bochinchito” como antesala de cualquier jornada. Pero cuando esto ocurre en comunidades que se precian de ser espacios de pensamiento, evidencia y rigor, el fenómeno adquiere otra densidad. Allí, la palabra deja de argumentar… y empieza a sustituir el debate.
Jesús Martín-Barbero proponía leer la comunicación desde sus mediaciones: esos cruces entre cultura, poder y cotidianidad que explican por qué decimos lo que decimos y cómo lo decimos. Desde esa mirada, estos contenidos dejan de ser un comentario al margen para convertirse en un síntoma: una forma de procesar lo institucional desde códigos informales, muchas veces hirientes.
Néstor García Canclini hablaría de hibridación. La academia —ese espacio que aspira al rigor— convive con prácticas comunicativas propias de otros registros: el rumor político, la lógica del comentario social y la velocidad emocional de las redes. En ese cruce, profundamente panameño, no todo lo cultural resulta deseable. Porque no es lo mismo cuestionar que insinuar. Ni denunciar que erosionar sembrando dudas.
Jürgen Habermas advertía que la calidad de una esfera pública depende de cómo se expresa el conflicto. Cuando el intercambio se desplaza hacia la sospecha permanente o el descrédito indirecto, lo que se debilita no es solo la reputación de alguien, sino la posibilidad misma de deliberar con sentido.
En nuestro entorno, amplificado por cadenas de WhatsApp y por esa vieja práctica de tirar la piedra y esconder la mano, la comunicación ha desarrollado una sofisticación particular: no afirma, no acusa directamente, pero orienta la lectura. Sin evidencia, pero con intención. Esto funciona, en efecto, como una arquitectura de la insinuación. Y en ese terreno, la verdad deja de ser un punto de llegada para convertirse en una variable opcional.
Noam Chomsky hablaba de la “fabricación del consenso”. Hoy asistimos, en escalas más íntimas, a la fabricación de percepciones. Ya no se necesita una gran maquinaria: basta la repetición, la circulación y la validación implícita de quienes comparten.
En ese proceso, la responsabilidad se diluye… pero el efecto permanece. Porque, al final, el tiempo pasa. Pero —como bien recordaba el cantautor uruguayo Jorge Drexler— las palabras quedan. Y en una comunidad que se construye desde el conocimiento, lo que decimos —y cómo lo decimos— es, en sí mismo, una forma de instalar la verdad.
Texto: Rainer Tuñón C. / Imagen Generada por IA






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