La incorporación del etanol como biocombustible en Panamá es una apuesta estratégica por la diversificación de la matriz energética, la reducción de emisiones contaminantes y la dinamización del sector agroindustrial. Así lo sostiene el ingeniero José Ricardo Castillo, especialista en mecanización y energía para la agricultura, profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad de Panamá, quien advierte que el país se encuentra ante una oportunidad histórica para fortalecer su seguridad energética.

“Cuando se amplía y se diversifica la matriz energética, se reduce la vulnerabilidad del país. No podemos poner todos los huevos en una sola cesta”, afirma Castillo. A su juicio, el etanol no solo rompe con la dependencia casi absoluta de los combustibles fósiles importados, sino que también abre la puerta a un mercado más competitivo, menos concentrado y con mejor distribución de la riqueza.

Panamá —según el investigador— cuenta con el conocimiento técnico y la base productiva para fabricar etanol de manera local, principalmente a partir de la caña de azúcar. Sin embargo, el desafío radica en elevar la eficiencia de los procesos agrícolas e industriales.

“Sí tenemos tecnología, pero debemos mejorarla. Países líderes ya superan los 15.000 litros de etanol por hectárea de caña, y hacia allí debemos apuntar si queremos ser competitivos”, señala. Alcanzar esos niveles de productividad implicará inversión en investigación, modernización de ingenios y adaptación de variedades de caña al clima y suelo panameños.

Castillo es enfático en rechazar la idea de importar etanol. “No tiene lógica económica ni social importar un combustible que podemos producir aquí. Eso significaría exportar empleos y oportunidades que deberían quedarse en Panamá”.

El uso de etanol anhidro —con una pureza aproximada del 94%— en mezcla con gasolina traerá beneficios ambientales perceptibles desde el inicio. Según el especialista, la reducción de emisiones contaminantes será inmediata.

“El etanol disminuye la emisión de monóxido de carbono, óxidos nitrosos y otros gases nocivos. Eso se traduce en mejor calidad del aire y, a largo plazo, en menos enfermedades respiratorias”, explica.

Contrario a los temores de algunos consumidores, Castillo asegura que el etanol no daña los motores. “Es un mito. Las mezclas están técnicamente probadas y no presentan problemas logísticos ni mecánicos. De hecho, el etanol es un combustible más limpio: su combustión es más completa que la de la gasolina, que tiende a generar hollín y obstrucciones en el convertidor catalítico”.

Uno de los puntos sensibles será el precio final del combustible. Para el profesor universitario, este dependerá directamente de la eficiencia tecnológica del proceso productivo. “El etanol no puede ser más caro que la gasolina. En países donde se produce con alta eficiencia, el costo baja. Todo depende de la productividad de la caña y de la tecnología empleada”.

En este escenario, el rol del Estado será determinante. Castillo insiste en que el gobierno debe actuar como regulador y facilitador, garantizando condiciones para que no solo participen los grandes ingenios azucareros —actualmente unos cinco en el país—, sino también pequeños y medianos productores.

“Grupos de productores con 100 o 150 hectáreas pueden integrarse a la cadena. Si dejamos todo en manos de los grandes ingenios, corremos el riesgo de que abandonen la producción de etanol cuando sube el precio del azúcar”, advierte.

Como medida adicional, propone la creación de un stock regulador de azúcar y etanol, que permita estabilizar precios y evitar distorsiones en el mercado.

Castillo conoce de primera mano la experiencia brasileña, pionera en el uso del etanol desde la década de 1970. “Brasil comenzó con la llamada ‘alcoholina’, una mezcla de gasolina y etanol anhidro. Luego desarrolló motores para etanol hidratado. Hubo tropiezos, pero hoy tienen un sistema sólido que les da autosuficiencia energética y capacidad exportadora”, recuerda.

Panamá, asegura, no parte de cero. La Universidad de Panamá fue precursora en el tema. “En 2007 organizamos el primer evento sobre biocombustibles en la Facultad de Ciencias Agropecuarias. Producimos etanol y biodiésel y los probamos en vehículos dentro del campus”, destaca.

Para el ingeniero Castillo, el bioetanol no es una moda pasajera, sino una herramienta de desarrollo. “Si se implementa con planificación, ciencia y participación local, puede fortalecer nuestra independencia energética, impulsar el desarrollo rural y avanzar hacia un modelo más sostenible”.

Texto Redacción / Foto: Canva Pro

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