En medio de la creciente circulación de información sobre alimentación y bienestar, los productos lácteos continúan siendo objeto de debate. Sin embargo, la evidencia científica sigue aportando claridad frente a creencias arraigadas que, en muchos casos, carecen de fundamento.

En el contexto del Día Mundial de la Salud 2026, cuyo lema impulsado por la Organización Mundial de la Salud es “Juntos por la salud, apoyemos la ciencia”, resulta pertinente revisar qué dicen los estudios sobre el papel de los lácteos en la alimentación y su relación con la salud inmunológica.

Uno de los mitos más extendidos sostiene que el consumo de leche y sus derivados aumenta la producción de mucosidad. No obstante, investigaciones científicas y organismos especializados como la Asociación Española de Pediatría coinciden en que no existe evidencia que respalde esta afirmación. La sensación de “espesor” que algunas personas perciben tras ingerir leche se debe únicamente a su textura, sin que esto implique una mayor generación de moco en el sistema respiratorio ni un agravamiento de enfermedades.

Otra creencia común es que la leche es un alimento exclusivo para la infancia. La realidad es distinta: los lácteos aportan nutrientes esenciales en todas las etapas de la vida. Durante la edad escolar, representan una fuente significativa de proteínas, calcio, vitamina D y fósforo, fundamentales para el crecimiento. En la adultez, estos mismos nutrientes contribuyen al mantenimiento de la masa ósea y a la prevención de enfermedades asociadas al envejecimiento, de acuerdo con la comunidad científica.

Más allá de estos mitos, el debate actual también pone el foco en la relación entre los lácteos y el sistema inmunológico. Según explica el nutricionista Francisco Herrera Morales, de Productos Nevada, filial en Panamá de Dos Pinos, estos alimentos destacan por su densidad nutricional, ya que contienen proteínas de alta calidad y micronutrientes como vitaminas A y D, además de minerales como el zinc y el selenio, todos esenciales para la producción de anticuerpos y células de defensa.

En particular, los lácteos fermentados —como el yogur o el kéfir— han ganado protagonismo en los últimos años. Su contenido de probióticos contribuye a fortalecer la microbiota intestinal, considerada una de las principales líneas de defensa del organismo.

En un escenario donde la desinformación puede influir en los hábitos alimenticios, la evidencia científica se posiciona como la principal herramienta para tomar decisiones informadas. Así, lejos de los mitos, los lácteos continúan siendo un componente relevante dentro de una dieta equilibrada.

Texto: Redacción

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