Chichero es, sin duda, una película panameña que logra tocar la fibra. Y quizá ahí radique su mayor virtud: en esa capacidad de juntar historias, personajes y géneros dentro de una misma película que, por separado, podrían dar incluso para varios spin-offs.

Hay que acercarse al filme de Aaron Bromley y Arturo Montenegro sin someterlo demasiado pronto al rigor de una estructura narrativa convencional. Porque, aunque sus múltiples líneas argumentales a veces se atropellan, hay algo que termina imponiéndose: el buen sabor que deja su clímax. Y ese sabor hace que uno esté dispuesto a perdonarle ciertas manías de un cine que, por momentos, parece buscar resoluciones inocentes, conocidas y ya superadas, como si quisiera asegurarse al espectador antes que profundizar en las posibilidades de su propio relato.

La película comienza en un poblado peruano cargado de tradición. Allí podríamos seguir simplemente la ruta de un joven guerrero que recorre el circuito de peleas de pueblo mientras sueña con convertirse en campeón mundial de boxeo en Panamá. Pero Chichero decide complicar el camino. La historia se mete en el convulso contexto político peruano y, en ese tránsito, aparece uno de los personajes que más me atrapó como espectador: Jazmín, interpretada por una estupenda Andrea Pérez-Meana, una guerrillera que intenta escapar de sus fantasmas de guerra y encontrar en Panamá una posibilidad de empezar de nuevo.

Josué (Júnior Béjar Roca), el protagonista, también carga con su propio desarraigo. Alejado de su pueblo andino y empujado hacia un destino incierto dentro del ejército, termina formando parte de ese mapa de personajes que cruzan fronteras físicas y emocionales.

En paralelo aparece otra gran sorpresa, interpretada de maravilla por Mafe Achurra, que nos introduce en el lamentable tráfico de personas en una Panamá donde los controles estaban dictaminados por el brazo militar, con una chispa que evoca a la Anora de Sean Baker. Y, como siempre, es un deleite encontrarse con Gaby Gnazzo, que nos vuelve a demostrar que tiene una presencia que funciona particularmente bien frente al lente de sus directores.

Entonces llegamos al corazón del chicheme y del chichero: ese híbrido que retrata con valentía la realidad cotidiana y migratoria del peruano en la ciudad. Hay allí un enorme acierto. El trabajo lleno de sudor, el tesón, la voluntad de salir adelante y esa dignidad silenciosa de quien construye su vida a punta de esfuerzo están retratados con evidente cariño. Allí también vemos definido al obrero luchador y al militar engrandecido como contrapunto de heroísmo y villanía argumental.

Y en todo este barullo, Josué también quiere parecerse a su ídolo del boxeo: El “Puños de Acero”, aunque por ahora solo tenga la pegada y, sobre todo, la determinación. Y de allí, la película vuelve a abrir otra puerta: el prostíbulo y el villano interpretado con cierta gracia picarona por Diego de Obaldía para dar otra ramificación de la historia.

El asunto es que se ven tantas líneas, tantos arcos y tantos personajes que Chichero termina enredando, pero deslumbrando al mismo tiempo. Y quizás ahí está precisamente su encanto.

Rodada entre Perú y Panamá, la película aprovecha los paisajes del Valle Sagrado y Ventanilla, además de escenarios de Colombia y Panamá, para recrear un país en plena transformación, suspendido entre la convulsión política, la migración y el rostro cada vez más cosmopolita de la ciudad.

Chichero tiene más aciertos que aquello que podría señalar como errores narrativos o limitaciones de impacto visual. Porque termina ganando la nobleza de la propuesta y, sobre todo, la valentía de sacar adelante una historia que me encantó ver, muy a pesar de cómo decidieron narrarla.

Es, hasta ahora, la película que más he disfrutado de Arturo Montenegro porque tiene algo que no es poca cosa: deja ganas de ver más. Incluso uno termina imaginando que algunas de esas historias podrían respirar mejor en una serie de varios capítulos.

Sí, en definitiva, es una obra imperfecta desde su estructura narrativa o en la construcción misma de algunas escenas, pero sumamente valiosa, valiente y disfrutable gracias a su alma, sus paisajes internacionales y sus sólidas actuaciones.

Quizá esa sea la mejor manera de resumir la experiencia del público frente a Chichero. Es una película que a veces quiere contar demasiado, pero que consigue algo mucho más difícil: ponerle buena sazón al flow panameño y a la herencia peruana desde la pantalla grande en una historia hecha para todos.

Texto: Rainer Tuñón C. Foto: Revista Debut

Deja un comentario