Rainer Tuñón C.
Estamos en un momento en el que las megaproducciones del cine son calculadas por algoritmos para no incomodar demasiado a nadie. Sin embargo, Tom Cruise y Alejandro González Iñárritu se lanzan a un valiente encargo, o hacia un temerario acto de riesgo: Digger, una película diseñada para romper la burbuja en la que vive actualmente el espectador, atrapado entre franquicias y secuelas.
Es que la sociedad ya está adicta al espectáculo de su propia destrucción.
Asimismo era la audiencia de Network (1976), de Sidney Lumet, en los años setenta, cuando contemplaba la locura mediática y el show del morbo en directo desde la comodidad de nuestros hogares. Y nosotros ahora hacemos algo parecido, solo que vemos el apocalipsis con nachos, palomitas y sodas, mientras el dolor más sagrado, la catástrofe y el fin del mundo funcionan como productos de consumo diario en nuestras plataformas digitales.
Y ahí aparece una de las ideas más perturbadoras de este filme etiquetado como comedia: el abusivo metateatro sobre nuestra realidad.
Los griegos necesitaban un coro para observar y comentar la tragedia; hoy somos nosotros mismos, sentados en las butacas, mirando el abismo en pantalla gigante y preocupados por si todavía queda hielo y soda en el vaso o si ya vamos por el refill.
Acá, Digger echa sal y tajín en esa herida. No permite que el espectador salga del cine sintiéndose moralmente superior por haber «tomado conciencia». Al contrario: nos convierte en cómplices. La farsa no ocurre solamente en la pantalla. También ocurre ante nuestra comodidad.
Wag the Dog, de Barry Levinson, dejaba la huella de una guerra falsa fabricada desde un estudio de televisión para distraer a la opinión pública de un escándalo presidencial. Acá, la gran mentira adquiere una dimensión todavía más perversa: el espectáculo no solamente oculta la realidad. Se convierte en nuestra manera de relacionarnos con ella.
En tanto, Iñárritu regresa, de alguna manera, al diván psicológico de Birdman, pero esta vez lo hace desde un territorio mucho más oscuro. Allí, Riggan Thomson (Michael Keaton) luchaba contra su propia imagen, su ego y la maquinaria del espectáculo. Aquí, el espectáculo parece estar luchando contra la realidad misma.
Y en medio de todo el caos aparece Tom Cruise, divirtiéndose al interpretar a un actor atrapado en un ensayo apocalíptico mientras el mundo exterior se descompone. Representa la farsa ruidosa, el espectáculo, la necesidad permanente de actuar incluso cuando ya no queda escenario. Se trata del último gran héroe de acción de Hollywood que interpreta, precisamente, a un hombre atrapado dentro de la representación teatral.
Frente a él está un personaje interpretado por Jesse Plemons, mucho más frío, casi quirúrgico. Representa la continuidad del sistema, pero también es testigo de su derrumbe. No necesita gritar ni correr. Observa, calcula y permanece. Y esa tranquilidad resulta, quizá, más perturbadora que todo el caos que lo rodea.
Pero también hay que resistir la comparación fácil de Digger con Dr. Strangelove. La película de Kubrick funcionaba como una sátira política, militar y glacial sobre la incompetencia de los sistemas de poder. Digger parece interesada en algo más íntimo y retorcido: el autoengaño.
En ese sentido, hay más de Woody Allen en sus zonas existenciales que de Kubrick en su mecanismo satírico. No estamos ante una simple comedia sobre el fin del mundo. Estamos ante un metateatro trágico sobre nuestra necesidad de fingir que todavía controlamos algo.
Visualmente, las referencias también pesan. Las secuencias distópicas tienen algo de la atmósfera industrial, sucia y grisácea de 12 Monkeys, de Terry Gilliam. Y la comparación con Children of Men, de Alfonso Cuarón, resulta inevitable: ambas comparten la mirada de Emmanuel «El Chivo» Lubezki, cuya fotografía convierte el desastre en algo incómodamente respirable.
Pero lo más inquietante de Digger no está en su mundo devastado. Está en nosotros y en nuestra capacidad para contemplar el desastre sabiendo que estamos frente a una farsa y, aun así, seguir consumiéndola.
Esa es la última ironía: salir desolados, hablando del colapso de la civilización, del capitalismo, del clima, de la mentira y del espectáculo, pero haber pagado por ver esta farsa.
Y mientras ruedan los créditos, todavía nos queda la soda zero azúcar y algo de popcorn acaramelado.
Y hay un último chiste, quizás el más cruel: Digger es también un fracaso colosal en taquilla. La película sobre una civilización convertida en espectáculo termina siendo rechazada por el mismo público al que intenta desnudar. Un magnífico fracaso comercial para una película que, precisamente, parece decirnos que ya no sabemos mirar otra cosa que aquello que queremos consumir. Y funciona como un “punchline” casi perfecto.
Texto: Rainer Tuñón C. / Foto: IMDB.com





Deja un comentario