Hay experiencias que nos dejan mucho más que recuerdos; nos cambian la manera de mirar a nuestra gente. Después del sismo del pasado 9 de octubre, que afectó a comunidades de distintas zonas de Panamá, especialmente apartadas y vulnerables, he podido conocer de cerca una realidad que merece ser contada: la solidaridad de un pueblo que, aun en medio de sus propias dificultades, decidió tender la mano.
Lo que más me impactó de estos días fue el desprendimiento de nuestra gente. Vivimos tiempos difíciles, la economía aprieta y el dinero no alcanza como quisiéramos. Muchas familias también tienen cuentas que pagar, hijos que alimentar y preocupaciones que resolver. Sin embargo, aun con todo eso a cuestas, hubo personas que sacaron de lo suyo para ayudar a quienes lo habían perdido todo o enfrentaban necesidades urgentes.
Y eso me conmovió profundamente. Porque una cosa es dar cuando las cosas marchan bien y otra muy distinta es compartir cuando sabes cuánto cuesta ganarse cada centavo.
Vi cómo nacieron colectas, cómo se reunieron alimentos, agua, medicamentos y artículos de primera necesidad. Hubo personas que aportaron dinero; otras pusieron sus vehículos, su tiempo y su esfuerzo. También estuvieron quienes compartieron publicaciones, buscaron donaciones y movieron cielo y tierra para que la ayuda llegara a las comunidades afectadas. Cada quien contribuyó desde sus posibilidades, pero todos tenían algo en común: no querían quedarse de brazos cruzados.
Como periodista, estoy acostumbrada a contar historias, pero vivir de cerca esta movilización me recordó que detrás de cada noticia hay personas, familias y necesidades que no siempre alcanzamos a dimensionar desde lejos. En las comunidades más apartadas, donde llegar puede convertirse en todo un desafío, una donación representa mucho más que una bolsa de alimentos. Es también una señal de que alguien piensa en ellos y de que no están solos.
Por supuesto, todavía queda mucho por hacer. Las necesidades no desaparecen con una entrega y la recuperación de las familias afectadas requiere acompañamiento y respuestas sostenidas. La solidaridad ciudadana no sustituye esa responsabilidad, pero demuestra cuánto podemos lograr cuando decidimos unirnos por una causa.
Me quedo con cada persona que dio sin esperar reconocimiento, con quienes ayudaron desde lejos y con quienes compartieron aun cuando también tenían dificultades. Porque ayudar no debería ser una competencia ni una forma de buscar aplausos; debería nacer de la empatía y del deseo sincero de aliviar el dolor ajeno.
Hoy quiero contar también esa parte de la historia. La de un Panamá que, en medio de la incertidumbre, supo organizarse y compartir. Un país donde, a pesar de las dificultades, todavía hay corazones dispuestos a dar.
Porque la nobleza de un pueblo no se mide por cuánto tiene, sino por cuánto está dispuesto a compartir, incluso cuando también le hace falta.
Por: Karla Marciaga / Foto: Cortesía






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