Al cumplirse cien años de la Academia Panameña de la Lengua, la memoria institucional vuelve, inevitablemente, a la noche en que esta fue instalada formalmente en la ciudad de Panamá. Aunque el proceso de creación tuvo antecedentes decisivos por las gestiones iniciales de Ricardo J. Alfaro, la intervención del reverendo padre fray Pedro Fabo de María y la aprobación de la Real Academia Española, la primera sesión pública del 19 de agosto de 1926 representa el instante simbólico en que la Academia dejó de ser proyecto y se convirtió en presencia viva ante el país.

Aquella noche, a las ocho y media, el Aula Máxima del Instituto Nacional reunió a la joven intelectualidad panameña con las más altas autoridades de la República. El acta consigna la presencia del presidente Rodolfo Chiari, de funcionarios públicos, del cuerpo diplomático y consular, y de representantes de los círculos sociales e intelectuales de Panamá. La escena revela la importancia que se concedía al idioma como asunto nacional: no se trataba solo de fundar una entidad cultural, sino de afirmar, en torno al español, una forma de pertenencia, continuidad histórica y proyección colectiva.

El director designado, don Samuel Lewis, hizo leer la comunicación mediante la cual la Real Academia Española aprobaba la fundación de la Academia Panameña, correspondiente de la española, integrada por dieciocho plazas de número. En esa nota se anunciaban también los primeros cargos: Samuel Lewis como director, Eduardo Chiari como tesorero y Ricardo Miró como secretario. Junto a ellos figuraban todos los académicos fundadores: Ricardo J. Alfaro, Guillermo Andreve, Abel Bravo, Jeptha B. Duncan, Demetrio Fábrega, Julio J. Fábrega, Narciso Garay, José de la Cruz Herrera, Melchor Lasso de la Vega, Octavio Méndez Pereira, Eusebio A. Morales, José Dolores Moscote, Belisario Porras, Samuel Quintero y Nicolás Victoria Jaén. Esa nómina inicial no debe borrarse ni resumirse demasiado, porque en ella está retratada una parte importante de la cultura panameña de la época: juristas, escritores, educadores, poetas, diplomáticos y hombres públicos convocados por una misión común.

La primera sesión tuvo, además, un tono ceremonial que subrayó su trascendencia. El padre Fabo habló sobre las glorias del idioma y los vínculos que establece entre los pueblos hispánicos; Samuel Lewis exaltó la herencia española y la belleza de la lengua; y el presidente Chiari declaró inaugurada la corporación, entregando a su primer director la insignia reglamentaria. La medalla impuesta a Lewis condensaba una responsabilidad: custodiar, estudiar y ennoblecer el español en Panamá, de acuerdo con el lema tradicional de las academias: «limpiar, fijar y dar esplendor».

Pero una institución que cumple cien años no puede quedarse detenida en su fotografía fundacional. La Academia también ha madurado. Con el paso del tiempo, su composición se ha ido abriendo a nuevas voces, y entre esos cambios sobresale la incorporación de mujeres como académicas numerarias. La primera fue María Olimpia de Obaldía, poeta y educadora chiricana, quien el 24 de enero de 1951 fue nombrada miembro de número para ocupar la silla D. Ese dato marca un momento de crecimiento institucional y recuerda que la defensa del idioma también necesitaba reconocer la palabra de las mujeres, su sensibilidad, su pensamiento y su aporte a la cultura nacional.

Cien años después, aquella sesión inaugural permanece como un acto de afirmación cultural, pero también como el punto de partida de una historia que ha sabido transformarse. La Academia Panameña de la Lengua continúa sus esfuerzos por la defensa del idioma, desde la conciencia de que el español que hablamos en Panamá forma parte de nuestra identidad. En la sede de la Academia, la conmemoración del centenario, con la conferencia del actual director, don Jorge Eduardo Ritter, vuelve a poner sobre la mesa esa responsabilidad. Cuidar la lengua significa conocerla, valorarla y permitir que siga viva en la educación, en la literatura, en la conversación cotidiana y en la manera en que Panamá se explica a sí mismo. Tal vez por eso este aniversario importa tanto, porque nos recuerda que una nación también se sostiene en sus palabras, y que esas palabras merecen ser defendidas con memoria, apertura y compromiso.

Texto: Dra. Nimia Herrera / Foto: Ilustrativa (Generada por IA)

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