Hay secuestros que terminan en tragedia y otros que, por fortuna, terminan en teatro. En Estocolmo mon amour, un grupo de profesores muy panameños se mete en un lío del que no sabe cómo salir. Se equivocaron de persona, y lo que debía ser una operación criminal termina convertido en un retrato de nuestras contradicciones, nuestros miedos y esa extraordinaria capacidad humana para complicarse la vida por no saber cuándo detenerse.

La obra, escrita por el dramaturgo español Marc Egea y dirigida por Teresita Mans, parte de una premisa que promete suspenso, humor negro y un enredo de esos en los que cada decisión parece empeorar la anterior.

La historia se cuenta dos veces, desde espacios y perspectivas diferentes, y ahí reside uno de sus principales atractivos: lo que creíamos saber cambia cuando volvemos a mirar. El espectador descubre que una misma situación puede esconder otras intenciones, otros matices y, por supuesto, nuevas oportunidades para reírse del desastre ajeno.

Con ecos de Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino, y de Noises Off, de Peter Bogdanovich, la comedia juega con los códigos del suspenso y los mecanismos del teatro dentro del teatro. Hay guiños cinematográficos que enriquecen la propuesta, aunque la verdadera prueba de fuego no está en las referencias, sino en la capacidad del elenco para sostener el ritmo, administrar las pausas y convertir el disparate en una experiencia divertida.

Y es aquí donde Estocolmo mon amour encuentra su mejor argumento: la chispa de sus intérpretes. Alejandra Aybar, Rolando Santamaría, Stephanie Lezcano, Ashley Núñez, Nathalie Zisópulos, Adriana Ábrego y Humberto Vélez le ponen cuerpo y temperamento a este microenredo. La química entre los actores, sus contrastes y la energía con que asumen el juego escénico terminan siendo decisivos. Porque una comedia puede tener una premisa ingeniosa, referencias ilustres y una estructura bien pensada, pero si el elenco no consigue encenderla, el público se queda mirando el mecanismo. Aquí, por fortuna, hay flow.

También hay algo que trasciende la simple anécdota del secuestro. Mans concibe el teatro comunitario como una herramienta para tejer vínculos en tiempos en que la vida cotidiana parece empeñada en aislarnos. La producción reúne a exalumnos que mantienen vivo su amor por las tablas, estudiantes próximos a graduarse y un actor invitado como el experimentado humanista Humberto Vélez. Esa mezcla de generaciones y trayectorias le da a la experiencia un valor que no depende exclusivamente del resultado sobre el escenario.

Conviene, sin embargo, distinguir entre el propósito comunitario y el mérito artístico: uno no sustituye al otro. La buena voluntad, el encuentro y el esfuerzo colectivo son indispensables para sostener estos espacios, pero el teatro también debe defenderse por lo que ocurre frente al público. Y cuando consigue divertir, provocar curiosidad y mantener despierta la atención, como sucede en los mejores momentos de esta propuesta, la comunidad deja de ser un discurso y se convierte en una experiencia compartida.

Producida por el colectivo Teatro en Todas Partes, Estocolmo mon amour nos recuerda que el humor negro tiene una virtud incómoda: permite reírnos de personajes que, llevados por sus propias decisiones, terminan atrapados en una situación absurda. No hace falta buscar demasiado para reconocer en esa conducta algún parentesco con la vida real. A veces, basta cambiar el secuestro por cualquier otro disparate cotidiano.

La obra se presenta hasta el 31 de octubre en el Teatro Artemisa, en Soho Mall. Si algo queda claro después de verla, es que la chispa del elenco hace que valga la pena seguirle la pista a esta trama.

Texto: Rainer Tuñón C.

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