Todo Panamá quedó impactado y afectado ante aquel inesperado terremoto de 7.5 grados a escala Richter, producido en la Falla Azuero-Soná, que sacudió todo un país el pasado 9 de octubre del año en curso, donde trágicamente cientos de familias quedaron afectadas, sin hogar, en aquellos pueblos del interior del país, ubicados en regiones apartadas y otras más accesibles en provincias como Herrera, Los Santos, Veraguas, algunas áreas de la comarca Ngäbe Buglé, como también en parte de Coclé y Colón.
En definitiva, este impactante e inesperado movimiento sísmico y la consecuencia continua de las más de 700 réplicas a la fecha han puesto a prueba el nivel de solidaridad de todo un país, que no se ha hecho esperar en la acción y disposición de ayudar o de brindar toda la solidaridad posible frente a este momento realmente difícil para cientos de panameños y panameñas (padres, madres, ancianos, hermanos, niños y niñas) que lo han perdido todo, que han quedado a la intemperie y sin un techo donde pernoctar y poder convivir como familias.
Es triste ver cómo cientos de personas que, con esfuerzo, perseverancia y con trabajo arduo, durante años lucharon para levantar sus hogares y que, a consecuencia de este siniestro terremoto, en cuestión de minutos lo han perdido todo, quedando psicológica, emocionalmente y materialmente muy afectados al ver cómo se desmorona lo que una vez fue su vivienda, su taller artesanal, lugar de trabajo cotidiano, su iglesia o su centro escolar.
Sin embargo, ante esos momentos realmente difíciles, hemos visto cómo todo un pueblo rápidamente ha actuado en solidaridad con su gente y, precisamente, desde dentro de las entrañas de ese valioso pueblo, es digno resaltar esa acción rápida y solidaria de esa valiosa juventud que, con energías y entrega incondicional, ha asumido un protagonismo muy importante en medio de toda esta crisis; organizándose en brigadas humanitarias, en brigadas de recolección de alimentos y enseres para los afectados, han llegado al terreno de los daños ocasionados en su calidad de voluntarios con toda la ayuda posible, llevando con ellos esa vibra positiva, solidaridad y de esperanza.
Esa valiosa juventud panameña de la Universidad de Panamá que, tanto en ciudad capital como en provincias, a través de brigadas de salud, desde sus organizaciones o asociaciones estudiantiles, entendieron en lo inmediato la urgente necesidad de unir esfuerzos por el bien y la solidaridad de aquellos panameños y panameñas que, afectados por el terremoto en diversos puntos del interior, necesitan toda la ayuda, respaldo y acompañamiento posible.
Hay que valorar igualmente a esa juventud que, desde otras iniciativas o instituciones educativas, también ha actuado solidariamente. Pero creo que es importante resaltar a esa juventud interiorana que, incluso siendo residente de esos mismos pueblos hoy afectados (al margen de la tristeza), ha asumido con dignidad y mucha fortaleza la tarea de organizarse y actuar en beneficio de sus comunidades, llevando consigo esa esperanza que, en momentos difíciles como estos, es la principal fortaleza para sus familiares y amigos en esas regiones del país.
Esa juventud digna y firme ha entendido que aún hace falta mucho por hacer en cuanto a apoyo y solidaridad para esos cientos de familias que han perdido todo y, por consiguiente, como jóvenes (al margen de lo que hagan o no los políticos o el Gobierno), han manifestado que continuarán en su accionar, creando conciencia en la población de lo sucedido, actuando en brigadas humanitarias o voluntarias y recolectando más donaciones.
En ese sentido, es importante entender que, ante adversidades y desastres como los ocurridos, por encima de todo está la solidaridad a favor de los nuestros, y ese acto digno, loable e incondicional demostrado hoy por esa juventud panameña es realmente la mejor muestra de esperanza para nuestros pueblos.
Texto: Félix E. Villarreal V. / Foto: Imagen ilustrativa






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