Muy buenos días.
Distinguidas autoridades universitarias, profesores, personal administrativo, estudiantes e invitados especiales:
Comparezco ante ustedes con profundo respeto por nuestra historia y orgullo de pertenecer a la Universidad de Panamá, para participar en este acto que trasciende el protocolo: izar nuestro Pabellón Nacional y renovar nuestro compromiso con Panamá y con su gente.
En nombre del Centro Regional Universitario de Darién y de los centros regionales de nuestra institución, les expreso un cordial saludo.
Hoy no izamos solamente una bandera; reafirmamos una responsabilidad con la nación.
Al contemplar sus colores y estrellas, recordamos que Panamá es el resultado de las luchas de generaciones que defendieron nuestra dignidad, nuestra autodeterminación y el derecho a construir nuestro propio destino.
Pero la patria no se define únicamente por sus fronteras, su posición geográfica o sus recursos. La patria es, ante todo, su gente: los estudiantes que sueñan con una profesión, los productores que trabajan la tierra, las familias que aspiran a una vida digna y las comunidades rurales e indígenas que reclaman oportunidades para desarrollar plenamente sus capacidades.
Por eso, honrar nuestra bandera significa preguntarnos qué país estamos construyendo y para quiénes lo estamos construyendo.
Hablar de soberanía es defender nuestra capacidad de decidir nuestro futuro como nación. Panamá, por su posición estratégica y su vocación internacional, tiene una responsabilidad particular de ejercer su neutralidad con prudencia, dignidad y respeto al derecho internacional. Sin embargo, nuestro protagonismo en el mundo debe ir acompañado de una mirada profunda hacia nuestra propia realidad.
No basta con conectar océanos y continentes si todavía existen comunidades panameñas desconectadas de las oportunidades.
Debemos mirar hacia el interior del país, hacia Darién, las comarcas indígenas y las comunidades rurales, donde la distancia, las limitaciones económicas y las desigualdades territoriales siguen condicionando el acceso a la educación, la salud, el empleo y otros servicios esenciales.
Una nación verdaderamente soberana debe procurar que el lugar donde una persona nace no determine hasta dónde puede llegar.
Y es precisamente en ese desafío donde la Universidad de Panamá tiene una responsabilidad histórica.
Nuestra universidad no existe únicamente para transmitir conocimientos, otorgar títulos y preparar profesionales para el mercado laboral. También tiene la misión de formar ciudadanos críticos, éticos y comprometidos con la transformación de la sociedad.
Necesitamos profesionales con sólidas herramientas científicas, teóricas y metodológicas, pero también seres humanos capaces de comprender el sufrimiento ajeno, reconocer las desigualdades y poner sus conocimientos al servicio del bien común.
Porque la educación superior alcanza su mayor sentido cuando transforma no solo la vida de quien estudia, sino también la realidad de las comunidades a las que pertenece.
La universidad pública no debe limitarse a enseñar a comprender el mundo; debe contribuir a transformarlo.
En esta misión, los centros regionales universitarios son fundamentales. No somos una presencia secundaria de la Universidad de Panamá, sino una expresión concreta de su compromiso con la democratización del conocimiento y la justicia territorial.
Cuando un joven de Darién accede a una carrera universitaria, no solo se abre una oportunidad individual: se fortalece la capacidad de toda una comunidad para construir su futuro.
Por eso, defender la universidad pública significa defender el derecho de nuestros jóvenes, especialmente de aquellos que viven en territorios históricamente postergados, a soñar, prepararse y progresar sin que su origen se convierta en una barrera.
Distinguidos presentes:
Hoy, este compromiso adquiere un significado especial ante la difícil situación que atraviesan numerosas familias panameñas después del terremoto del pasado 9 de octubre.
Las afectaciones registradas en las provincias centrales nos recuerdan la fragilidad de la vida y la importancia de contar con instituciones solidarias y comunidades dispuestas a tender la mano. Detrás de cada cifra hay familias preocupadas por sus viviendas, personas que necesitan recuperar la tranquilidad y comunidades que enfrentan el desafío de reconstruir su cotidianidad.
En nombre del Centro Regional Universitario de Darién y de los centros regionales universitarios, expresamos nuestra profunda solidaridad con todas las personas afectadas. Su situación nos concierne porque, más allá de las distancias geográficas, compartimos una misma patria y un mismo destino nacional.
La solidaridad, sin embargo, no puede quedarse en las palabras ni agotarse en los primeros días de una emergencia. Debe convertirse en acciones concretas, cooperación institucional y acompañamiento sostenido.
Por eso, reconocemos a nuestros estudiantes, profesores y trabajadores administrativos que se han movilizado para organizar centros de acopio, recibir donaciones, clasificar suministros y coordinar la ayuda humanitaria.
Cada aporte, cada jornada de trabajo y cada gesto de colaboración demuestran que la universidad también educa cuando sale de las aulas y se compromete con las necesidades de la sociedad.
En esas acciones se aprende algo esencial: que el conocimiento sin sensibilidad humana resulta insuficiente y que la formación profesional adquiere mayor valor cuando contribuye a aliviar el sufrimiento y mejorar la vida de los demás.
La solidaridad es una de las formas más nobles de ejercer nuestra ciudadanía y una de las expresiones más auténticas de pertenecer a la universidad pública.
Esta vocación de compromiso nacional tiene profundas raíces en nuestra historia.
En 1947, la movilización popular contra el Convenio Filós-Hines; en 1958, la Operación Soberanía; y en enero de 1964, la Gesta Patriótica del 9 de Enero, representan momentos decisivos en los que estudiantes y diversos sectores de la sociedad defendieron la dignidad y la soberanía panameñas.
Aquellas generaciones nos legaron una enseñanza que permanece vigente: los derechos y las conquistas nacionales requieren conciencia, participación y compromiso colectivo.
Hoy, junto a la defensa de nuestra soberanía territorial, tenemos el deber de fortalecer una soberanía con contenido social: una que se exprese en educación accesible, servicios públicos dignos, oportunidades para la juventud y condiciones de vida que permitan a todos los panameños desarrollar sus capacidades.
La historia nos convoca a continuar esa tarea por medios igualmente trascendentes: la educación, la investigación científica, la participación ciudadana y la lucha contra las desigualdades.
Desde la Universidad de Panamá debemos investigar los problemas de nuestro país, acompañar a las comunidades, contribuir a la prevención y atención de los desastres y formar profesionales capaces de trabajar junto a la población en la búsqueda de soluciones.
Desde el Centro Regional Universitario de Darién reafirmamos esa responsabilidad. Queremos una universidad que forme profesionales competentes y ciudadanos solidarios; que aspire a la excelencia académica sin perder de vista la realidad social; y que abra oportunidades para que nuestros jóvenes puedan construir su futuro y contribuir al desarrollo de sus territorios.
Distinguidas autoridades y miembros de la comunidad universitaria:
Al concluir, les invito a mirar nuevamente nuestro Pabellón Nacional.
Que sus colores nos recuerden que Panamá es mucho más que su Canal, su posición geográfica o su actividad económica. Panamá es su gente, con sus esperanzas, sus luchas y su derecho a vivir con dignidad.
Que esta bandera nos inspire a comprender que la soberanía también se fortalece cuando reducimos las desigualdades; que el patriotismo se demuestra sirviendo al país; y que la educación pública cumple su misión cuando el conocimiento se convierte en oportunidades y bienestar colectivo.
Que nunca olvidemos que la solidaridad con las provincias centrales es también solidaridad con Panamá; que las dificultades de una comunidad son una responsabilidad compartida, y que ninguna región debe sentirse sola cuando enfrenta la adversidad.
Y que quienes formamos parte de la Universidad de Panamá asumamos el compromiso de hacer de nuestra institución no solamente un espacio para aprender y enseñar, sino también una fuerza capaz de unir, incluir y transformar.
Porque el verdadero orgullo universitario no reside únicamente en el conocimiento que adquirimos, sino en lo que somos capaces de hacer con él para servir a nuestra sociedad.
Que nuestra bandera ondee siempre como símbolo de una nación soberana, democrática, solidaria e inclusiva, donde el progreso no sea privilegio de unos pocos, sino una oportunidad para todos.
¡Viva la Universidad de Panamá!
¡Viva la solidaridad universitaria!
¡Viva Panamá!
Muchas gracias.
Texto: Dr. Paul Antonio Córdoba Mendoza /Director del Centro Regional Universitario de Darién






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