Existe una paradoja en la vida digital de nuestros hijos: les entregamos dispositivos capaces de abrirles las puertas del mundo, pero no les damos las herramientas para comprender el mundo detrás de la pantalla. Es decir, los conectamos antes de enseñarles a protegerse y confundimos supervisar con educar.
Panamá es el primer país de Centroamérica donde se presenta la Guía de TikTok para Madres, Padres y Tutores, impulsada junto con el Centro Internacional para Niños Desaparecidos y Explotados (ICMEC) y la organización Súper Mamás. Esta iniciativa pone sobre la mesa una discusión que trasciende a una plataforma digital: establecer límites y acompañar a los adolescentes en sus experiencias digitales. En este sentido, conviene no confundir el mapa con el territorio. Estar al día con los controles de una aplicación no significa comprender la complejidad del ecosistema digital. Un perfil privado no inmuniza contra el acoso; limitar el tiempo de pantalla no enseña, por sí solo, a reconocer la manipulación, proteger la intimidad o distinguir información de propaganda.
El investigador mexicano Guillermo Orozco Gómez, estudioso de la recepción crítica de los medios, ha insistido en la necesidad de formar personas capaces de interpretar los mensajes mediáticos, en lugar de asumirlos como receptores pasivos. Esa alfabetización resulta hoy más urgente: en las redes no solo consumimos contenidos, también los reproducimos, los legitimamos y contribuimos a su circulación. Cada publicación puede informar, entretener, exponer o herir.
A ello se suma una cuestión de poder. En Comunicación y poder (2009), Manuel Castells analiza la relación entre las redes de comunicación y las estructuras que influyen en la sociedad.
Las plataformas no son plazas públicas desinteresadas: operan con modelos de negocio, algoritmos y mecanismos de recomendación que condicionan lo que vemos y cuánto tiempo permanecemos conectados. Por eso, la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre una familia que intenta proteger a sus hijos frente a sistemas que apenas conoce.
En este sentido, la Universidad de Panamá tiene una responsabilidad que asumir y una oportunidad que aprovechar, desde la Comunicación Social, la Psicología, la Educación y el Derecho. Como primera casa de estudios superiores podemos investigar, orientar y formar ciudadanía digital, no para demonizar la tecnología ni para convertirnos en promotores de las plataformas, sino para ofrecer conocimiento independiente, recomendaciones sustentadas y espacios de diálogo con estudiantes, docentes y familias.
Es aquí donde necesitamos superar la respuesta cómoda de prohibirlo todo y la ingenuidad de permitirlo todo. Educar exige conversar, escuchar, establecer límites razonables y enseñar a pedir ayuda. También exige que el Estado fortalezca la prevención y que las empresas tecnológicas respondan por las condiciones de seguridad de los entornos que administran.
Proteger a nuestros jóvenes no significa mantenerlos al margen del mundo digital. Significa prepararlos para no quedar a merced de él, porque la verdadera seguridad no comienza cuando activamos un control parental, sino cuando formamos criterio para decidir, conciencia para reconocer los riesgos y confianza para hablar cuando algo sale mal.
Texto: Rainer Tuñón C. / Foto: Generada por IA






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