Un desastre natural es inevitable, la mayoría de las veces, pero sus consecuencias pueden reducirse en un alto porcentaje.  Afirmación que hace referencia a la impostergable reflexión: “¿nuestra sociedad está educada para la prevención de riesgos o estamos a la espera de que ocurra una tragedia para aprender a enfrentarlos?

En nuestro país se desnuda una sola realidad la preparación es muy baja para enfrentar los desastres naturales. Los recientes eventos sísmicos, junto con inundaciones, deslizamientos de tierra y otros fenómenos naturales, nos recuerdan el grado de vulnerabilidad con el que coexistimos. Sin embargo, tomemos en cuenta el mayor peligro no siempre está en la fuerza de la naturaleza, sino en la escasa preparación, la improvisación y el desconocimiento sobre cómo actuar ante una emergencia.

Una comunidad que ignora la existencia de protocolos de seguridad, una institución educativa que no identifica sus zonas seguras o que carece de planes de contingencia, puede convertir un fenómeno natural en una tragedia de dimensiones inmensurables.

Aunque algunos no lo crean, la prevención también se aprende. Es por ello que la educación para la mitigación de riesgos debe ser más que simulacros ocasionales y recomendaciones posteriores a una emergencia.  Esta debe formar parte de la cultura ciudadana y de los procesos permanentes de enseñanza.  Educar a la población en esta dirección significa desarrollar capacidades para reconocer amenazas, identificar vulnerabilidades, tomar decisiones oportunas y actuar con responsabilidad para proteger la vida.

En este emergente reto, las universidades tienen el compromiso ineludible que trasciende la formación profesional. Su responsabilidad social universitaria exige producir conocimiento y proponer soluciones a los problemas nacionales. La ingeniería, la arquitectura, las ciencias ambientales, la salud y las ciencias de la educación deben converger en una agenda transcompleja que contribuya a construir comunidades más seguras.

Particularmente, las facultades de educación deben asumir el rol protagónico. Pues, no podemos formar docentes para enseñar conocimientos científicos, humanísticos y tecnológicos sin prepararlos también para educar en prevención de riesgos. Todo educador debe saber cómo desarrollar comportamientos seguros, enseñar protocolos de actuación y promover una cultura de protección dentro y fuera del aula.

Asimismo, ciencia y tecnología ofrecen extraordinarias oportunidades con simuladores, laboratorios virtuales, sistemas de información geográfica y ahora la inteligencia artificial, que pueden fortalecer la enseñanza, recrear escenarios de riesgo y mejorar la preparación institucional. Sin embargo, ninguna herramienta tecnológica sustituirá el criterio científico, pensamiento crítico, la planificación ni la responsabilidad humana. 

Por consiguiente, Panamá necesita una estrategia nacional que articule a las universidades, al Ministerio de Educación, al Sistema Nacional de Protección Civil, a las instituciones científicas y a los gobiernos locales. Articulación que debe traducirse en formación docente, investigación aplicada, revisión de protocolos, evaluación de infraestructuras y programas permanentes de educación preventiva.

La propuesta es superar la cultura de reacción y avanzar hacia una cultura de anticipación. La resiliencia no se improvisa después de una tragedia se construye mediante conocimiento, planificación y compromiso colectivo.

Las instituciones educativas demuestran su calidad no solo por sus resultados académicos o sus instalaciones.  También demuestra su capacidad para proteger a quienes confían en ella y prepara ciudadanos conscientes de los riesgos que enfrentan.

La naturaleza puede sorprendernos en cualquier momento, pero la ignorancia y la improvisación no deberían encontrarnos desprevenidos.

La pregunta que debemos hacernos como sociedad no es solamente: “¿Cuándo ocurrirá la próxima emergencia?”, sino “¿Qué estamos haciendo hoy?” para que, cuando llegue, sepamos cómo proteger la vida. Porque educar para prevenir también es educar para vivir.

Texto: Franklin De Gracia G. / El autor es profesor en la Universidad de Panamá y Decano de la Facultad de Ciencias de la Educación.

Una respuesta a «La naturaleza nos grita: ¿Estamos educados para proteger nuestra vida y la de los demás?»

  1. Muy interesante y atinado el artículo. Realmente no estamos preparados para afrontar estas situaciones y no le damos la relevancia. Cómo instución de educación superior formador de formadores y con un personal docente y administrativo nos corresponde capacitarnos en este tema. Es responsabilidad de nosotros cuidarnos y poder cuidar a los demás

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