Por. Félix E. Villarreal V.
Un 17 de diciembre del año 1996, la Asamblea General de las Naciones Unidas, mediante la Resolución 51/205 “decide proclamar el 21 de noviembre Día Mundial de la Televisión”. Esto se definió en el marco de la fecha de celebración del primer Foro Mundial de la Televisión ese mismo año.
La resolución se debatió, analizó y finalmente se consideró en reconocimiento del gran impacto de las comunicaciones geo-televisivas en el escenario mundial para aquellos años. Entendiendo que ese era el medio de comunicación de masas por excelencia, al margen de su surgimiento, hasta el momento del Internet.
De modo tal que, a partir de ese año, el 21 de noviembre es reconocido como el Día Mundial de la Televisión, una efeméride impulsada por la ONU que busca propiciar el uso responsable de la televisión como uno de los principales canales de difusión de información pública, con el objetivo además de promover el intercambio mundial de programas sobre paz, solidaridad, seguridad, desarrollo económico, entretenimiento sano y objetivos, y de igual forma temas sociales, eco ambientales y culturales.
Para la generación actual, cognitivamente se podrá pensar que Internet es hoy el medio de difusión más importante, pero lo cierto es que precisamente la web en el entorno actual le ha ofrecido a la televisión nuevas herramientas y recursos que, más que desplazarla como medio de comunicación de masas, la han potenciado; solo basta ver las difusiones en directo y el acceso a contenidos audiovisuales desde cualquier lugar y desde cualquier dispositivo. Esto lo vemos a diario en los contenidos que se difunden a nivel televisivos por la propia web y redes sociales.
Para las Naciones Unidas, el impulso y celebración de esta efeméride a nivel mundial, es para que se comprendiera que la televisión sería el principal vehículo hacia las masas para la difusión de noticias e información que fuesen relevantes e enriquecedoras para los habitantes del mundo. Con programas y contenidos audiovisuales que promovieran la cultura de paz, educar para mejorar las capacidades de desarrollo económico y social de las naciones, y de igual forma para que brinden información veraz y fidedigna de sucesos importantes.
Almudena Ariza, corresponsal de RTVE desde Cisjordania en una cobertura exclusiva y en medio de un conflicto internacional en su momento dijo: “Sueño con una televisión que refleje la realidad que vivimos, que no sea una herramienta de desinformación o de manipulación”. Esto lo planteó como una reivindicación al papel de la televisión como herramienta para estar mejor informados, ya que, “La televisión bien usada puede tener un impacto muy positivo”. Para ello insistía en la necesidad de mejores contenidos y dignificación de la profesión.
Como principios éticos y estratégicos, estos han de ser los objetivos que se persiguen con este medio informativo. Sin embargo, la actualidad de hoy viene relegando y quitando la importancia pionera y fundamental de dichos objetivos y principios; ya que son más frecuentes y evidentes los “programas de telebasura” que suelen inundar las cadenas de televisión, y que lejos de enriquecer a las personas, solo sirven de entretenimiento de mala calidad y distorsión en el quehacer y el comportamiento de la humanidad.
Según algunos profesionales de la Psicología entre ellos la panameña Yara Aguilar, “algunos de estos tipos de programaciones llegan hasta perjudicar la salud emocional de los individuos, aumentan los niveles de estrés, transforman o distorsionan la realidad y en muchos casos hasta crean adicción en muchos de los televidentes”.
Ejemplo de lo que en el párrafo anterior describimos se refleja en lo que en estos momentos se está consumiendo, por ejemplo, en los medios informativos nacionales que describen a cada minuto y segundo un sinnúmero de acontecimientos y eventos noticiosos de la actual coyuntura convulsa y de crisis social sobre el tema minero, eco ambiental, sobre la corrupción política, la incredibilidad gubernamental, la crisis de salud, educación y demás temas, que directa o indirectamente causan un efecto negativo, de estrés y zozobra en la mayoría de los ciudadanos. Sumado a ello el control mediático y hasta ciertos niveles de censura en algunos casos, a fin de controlar o manipular en cierta forma la información que se envía a las masas.
No obstante, en medio de esta realidad prefabricada por intereses concretos y mediáticos en beneficio de quienes tienen el poder y control de los medios televisivos, es importante recordar que la televisión es un vehículo y a su vez un medio de entretenimiento, no una fuente de verdad absoluta, menos de quienes sean sus dueños, ya que lo que vemos en pantalla es una perspectiva seleccionada y editada cuidadosamente para generar un impacto en la audiencia y mantenerla como decimos “enganchada” en el curso del tema o el espectáculo del momento.
Cabe recordar que, dependiendo de la línea corporativa, detrás de estos programas siempre hay un equipo de producción que trabaja arduamente para crear situaciones y conflictos que mantengan la atención del público. La razón por la que estos programas tienen tanto poder de influencia radica en su habilidad para apelar a nuestras emociones más básicas, en tal sentido que en la práctica se conectan con los participantes y televidentes, empatizan con sus experiencias y hasta tienen el poder de verse reflejados en sus conflictos y relaciones. Esto desde la magia de la televisión crea una especie de conexión emocional que los mantiene sintonizados y hasta hablando sobre el programa visto en la cotidianidad.
En ese sentido, comprendiendo la importancia de lo anteriormente expuesto, al pasar de los años, generación tras generación, esta herramienta informativa ha venido de la mano con la evolución y sus nuevos diseños, por lo que traer este tema al conmemorarse hoy 21 de noviembre el “Día Mundial de la Televisión”, no debe verse como un momento para sentarse a consumir horas y horas de programación televisiva, sino para conocer la razón del porqué de este medio que nació con la finalidad y el objetivo de la de promover conocimientos, trascender barreras territoriales y sobre todo promover programas televisivos o digitales que sean gratificantes, promuevan valores o permitan desarrollar algún tipo de habilidad o conocimientos, cambios positivos y cognitivos en la cultura del espectador.






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