Recibimos las fiestas más esperadas del pueblo panameños. Me refiero a los Carnavales, que son festejados por cuatro días consecutivos a nivel nacional y que culminan el denominado miércoles de ceniza a las 6 de la mañana con el tradicional “entierro de la sardina”.

Estas fiestas del “Dios momo” como se les llama, inician el viernes por la noche en los distintos puntos del interior del país y también en la ciudad capital, con la coronación de las respectivas reinas y princesas del carnaval, destacando sus encantos, brillos, donaires y esplendor para deleitar al público que le acompañarán durante esos días de “salsa de grubeo y meneo”, como dice la letra y música del cantautor panameño Pedro Altamiranda.

Las conocidas “mojaderas” o «culecos» muy propias de estas fiestas se desarrollan en plazas públicas o privadas, acompañadas de los esperados carros cisterna que, durante el día y parte de la tarde, son alternados con unos que otros “shows” y de música popular. Ya para la noche se dan los desfiles y paradas con reinas portando disfraces propios del carnaval a bordo de carros alegóricos acompañadas de comparsas y tunas desplazándose por las distintas, plazas, avenidas de la calle arriba o calle abajo, dependiendo del pueblo o región donde se desarrollan.

En el caso de nuestro país, la historia del carnaval se remonta a los tiempos de la colonización española (entre 1501 y 1821). En aquellas épocas, según algunos historiadores, los esclavos africanos que trabajaban en las plantaciones de la región de Azuero y regiones aledañas, apegados a sus costumbres y culturas, comenzaron a celebrar sus propias fiestas durante el período de Cuaresma. Estas celebraciones, que incluían música, baile y disfraces, se convirtieron en una tradición que se transmitió de generación en generación, dando origen a las primeras fiestas del “Rey Momo”

Durante esa época, contrario a los eventos festivos de los negros, surgieron algunos grupos de ciudadanos que igualmente se disfrazaban representando a la realeza (de rey y reina), de España, otros de soldados conquistadores, esclavos e indios quienes, simulando batallas de la época, partían al son de cantos y tambores, desde la entonces playa Peña Prieta, ubicada en Avenida Balboa, playa Bella Vista, playa la Bóvedas, hasta lo que hoy es el Parque de Santa Ana.

La historia panameña registra que con el pasar de los tiempos, esta festividad se vinculó un poco con la tradición europea del Carnaval, pero guardando su esencia muy característica del Istmo, y a partir del siglo XIX, estas fiestas de carnaval comenzaron a expandirse a otras partes del interior del país.

Ya para finales del siglo XIX y principios del siglo XX, las fiestas del Carnaval se habían convertido en una fiesta nacional en Panamá, con desfiles, tunas, cantos, bailes, controversias culturales, personajes (diablitos, resbalosos, morisquetos, etc.), entre otras celebraciones que duraban varios días.

Para el año 1910 (siete años después de haber nacido como República), el entonces alcalde de Panamá, José Agustín Arango, mediante un decreto alcaldicio, oficializó las fiestas del carnaval. Y a partir de allí, se definió que estas fiestas tenían que ser representadas y encabezadas por una reina, como figura principal de estos eventos, por lo que era necesario elegir una reina. Esto les daba una tónica diferente a las tradiciones anteriores a la época; a tal grado que les permitió participación a las familias de clase económica y social elevadas del momento.

Esto se evidenció cuando desde el Club Unión, surge la primera soberana para estas festividades, quien resultó ser Manuelita Vallarino, quien gozó la fama desde ese momento en ser una de las mujeres más bellas de Panamá de la época hasta el día de su muerte. A partir de ese momento al pasar de los años, fueron surgiendo nuevas sucesoras de quien fue Manuelita primera; en una época donde se daban festejos populares y comparsas callejeras en los populares toldos y se realizaban bailes en áreas como El Chorrillo, Santa Ana y otras aledañas; festividades a las que asistían también las reinas del Club Unión para compartir la alegría que reinaba en la ciudad, bajo un marco de respeto mutuo y cultural entre los participantes.

Hoy por hoy, el Carnaval de Panamá es muy famoso por sus reinas, su deleite e impresionante colorido, por su diversidad cultural; en la que sus desfiles son una parte importante de la celebración, los clásicos y esperados topones; donde también se presentan bandas de música, murgas, bailarines y disfraces folclóricos y muy creativos, acompañados de plumajes,  máscaras y disfraces que representan personajes de la mitología, la naturaleza y  de la cultura popular, y los desfiles a menudo incluyen carrozas alegóricas con decoraciones espectaculares, convocando a todo un pueblo a ser los espectadores y partícipes de esos cuatro días de mucha diversión.

En el interior del país, las reinas y princesas de estos carnavales son las representantes de barrios contrarios que se definen como: (Calle Arriba y Calle Abajo, lo más tradicional y en algunos casos hasta las de «Calle de en Medio»), y durante su desfile van acompañadas de una multitud de sus pobladores y visitantes, al son de las tunas y comparsas, las cuales dan muestras de rivalidad como parte del espectáculo, la celebración y tradición popular.

En definitiva, los carnavales, que de hecho inyecta y aporta mucho a la economía durante esos días, son un punto de concurrencia en el que se presentan artistas nacionales de todos los géneros musicales y hasta internacionales, en las principales tarimas donde se desarrollan estos espectáculos y festividades de carnaval; sea en la ciudad capital o en el interior del país, se dan grandes movilizaciones del pueblo panameño y de los turistas visitantes buscando divertirse y seguir haciendo historia de esta actividad cada año esperada por los panameños.

Texto: Félix E. Villarreal V.   Foto: Tomada de Internet

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