El trabajador ya cambió, aunque muchos empleadores del siglo pasado todavía no se hayan enterado. El debate nacional sigue estacionado en una parada de los años noventa. Mientras el mundo habla de inteligencia artificial, teletrabajo, productividad por resultados y plataformas digitales, aquí todavía discutimos con solemnidad tropical si alguien está en planilla o si llegó en el horario pactado, como si la realidad cupiera completa en una casilla de Excel.

También tenemos una tradición casi sagrada: defender la mano de obra nacional. Se repite como mantra, como si esa cifra por sí sola garantizara justicia social, buen salario y futuro digno para el trabajador. Ahora, cada vez más personas laboran bajo esquemas donde nadie sabe realmente quién manda, quién responde, quién asegura, quién liquida y quién da la cara cuando llegan los problemas.

El empleador aparece difuso. La plataforma dice que solo conecta y envía comunicados algorítmicos. El contratista asegura que solo administra. Y el trabajador termina conectado… pero desprotegido. Es el milagro moderno: empleo sin empleador de carne y hueso, horario sin jornada y subordinación digital.

Muchos jóvenes entran felices a ese ecosistema, no necesariamente por ingenuidad, sino por necesidad. El dinero rápido seduce. Cobrar hoy importa más que reclamar prestaciones mañana. En una economía cara, lenta y a veces excluyente, la promesa de ingresos inmediatos pesa más que una charla sobre décimo tercer mes, vacaciones, indemnizaciones o prima de antigüedad.

Existe otro detalle incómodo: la juventud desconfía profundamente de los sindicatos. Para muchos, los sindicalistas son piezas de museo con aire acondicionado dañado: estructuras envejecidas, discursos repetidos y dirigentes que parecen eternos. Aunque esa crítica pueda tener fundamento, conviene recordar algo elemental: si hoy existe jornada limitada, salario mínimo y descanso remunerado, eso no cayó del cielo ni vino en promoción de Black Friday.

Lo grave es que estamos criando una generación que no cree en la conquista de los derechos laborales, no lee contratos y negocia sola frente a empresas con abogados, algoritmos y departamentos enteros de estrategia diseñados rara vez para favorecer al trabajador.

El caso de los motorizados de plataformas lo resume todo. Corren bajo sol, lluvia y tranque; arriesgan el pellejo en cada entrega; cumplen métricas invisibles; dependen de calificaciones digitales y viven pendientes de que una app no los desconecte. Pero jurídicamente, según algunos discursos, no serían trabajadores. Son poco menos que filósofos independientes en motocicleta.

La tecnología cambió muchas cosas, menos una: cuando alguien depende económicamente de otro y sigue reglas impuestas, existe relación de poder. Lo demás es maquillaje semántico.

Panamá necesita actualizar su legislación laboral, pero también su empatía con todos los trabajadores. No podemos hablar de modernidad mientras romantizamos la precariedad con palabras elegantes como flexibilidad, colaborador externo o socio repartidor, porque la explotación ahora llega en casco, mochila térmica y app de colores.

Texto: Rainer Tuñón C. / Foto: Generada con IA (ChatGPT)

Una respuesta a «Repartidores y freelancers: el mito del trabajador independiente y del algoritmo explotador»

  1. Muy esclarecedor y, tan claro, que parece apocalíptico, sobre todo porque señala ya la pérdida del espíritu de lucha por los derechos laborales.

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