A sus años de experiencia como trabajadora y madre de familia, Oleyda Pérez decidió enfrentarse a uno de los retos más difíciles de su vida: volver a las aulas después de décadas lejos de los estudios. Lo hizo con miedo, con dudas y con una enorme brecha tecnológica por delante, pero también con la convicción de que nunca es tarde para cumplir un sueño.

Su historia comenzó en 2015, cuando tuvo la oportunidad de ingresar al programa Maestro en Casa del Instituto Panameño de Educación por Radio IPER, iniciativa que permitió a muchos trabajadores retomar sus estudios secundarios. En aquel momento, el Ministerio de Educación exigía que el personal estuviera certificado con estudios completos de sexto año, y esa necesidad se convirtió en la puerta que cambiaría su vida.

El camino no fue sencillo. Cuando acudió a buscar sus antiguos certificados escolares, descubrió que la escuela donde había estudiado ya no existía y que no había registros oficiales disponibles. Aun así, no se rindió. Con apenas una constancia de haber cursado sexto grado, comenzó nuevamente desde primer año. “Ese fue el inicio de mi nueva etapa educativa como estudiante adulta”, relata Oleyda.

Durante dos años estudió para completar el tercer año y posteriormente continuó hasta culminar el bachillerato en 2020 en la Escuela Laboral Bellas Luces, en El Tecal. Pero para Oleyda graduarse de secundaria no era el final: era apenas el comienzo.

Con la ilusión de convertirse en profesional universitaria, ingresó a la Facultad de Administración Pública del Centro Regional Universitario de Panamá Oeste (CRUPO), donde inició la carrera de Licenciatura en Desarrollo Comunitario. Aunque su primera opción era Educación Preescolar, los cupos estaban llenos, así que decidió abrirse paso en otra disciplina que también conectaba con su vocación de servicio.

Entonces llegó la pandemia

Las clases virtuales representaron para ella un desafío enorme. Aprender a usar computadoras, plataformas digitales y videollamadas parecía un mundo completamente desconocido. Mientras muchos jóvenes navegaban con facilidad en la tecnología, Oleyda pasaba horas aprendiendo desde lo más básico: identificar teclas, escribir trabajos y entrar a los enlaces de las clases virtuales.

En ese proceso, su familia se convirtió en el soporte que necesitaba. Su hija Josefina García y su nieto Braulio Martínez fueron sus principales maestros tecnológicos. Con paciencia le enseñaron paso a paso cómo desenvolverse en el entorno digital universitario. “Ellos fueron mi motor e impulso”, asegura.

La historia de Oleyda también dejó huella entre sus docentes. La profesora Inés Martínez, coordinadora de la facultad y asesora de su trabajo de grado, asegura que la estudiante se convirtió en un ejemplo de perseverancia dentro y fuera del aula.

“Como docente de Oleyda siento que tiene una inspiración muy grande porque a sus 66 años demostró en el aula de clase durante todo este tiempo, cuatro años, una valentía y un amor por el aprendizaje que no tiene precio”, expresó la académica.

Martínez destacó que cursar una carrera universitaria requiere de grandes sacrificios, pero considera que la dedicación constante de Oleyda demuestra que nunca es tarde para alcanzar las metas. “Cada clase para ella y también para uno como docente era una victoria que enriquecía la mente y el espíritu”, afirmó.

La profesora también resaltó que el mayor valor de este recorrido no radica únicamente en obtener un título universitario, sino en la resiliencia y la motivación que Oleyda transmitió a quienes la rodeaban. “Ella fue inspiración para sus compañeros, para la comunidad, para los docentes y también para la juventud y su familia”, añadió.

Otra de las docentes que siguió de cerca su proceso fue la profesora Anabel Chen, quien conoció a Oleyda desde el año 2015, cuando cursaba estudios de secundaria en el programa Maestro en Casa del Instituto Panameño de Educación por Radio (IPER).

Chen recuerda que desde entonces Oleyda mostraba interés por superarse. Años después, durante la pandemia y las clases virtuales, volvió a verla conectada a las plataformas universitarias, algo que la sorprendió profundamente.

“Algo que puedo resaltar de la señora Oleyda es su voluntad, su interés, su compromiso y entrega con la carrera. Para ella no había obstáculos”, señaló la docente.

Según Chen, la estudiante siempre encontraba la manera de asistir a clases, cumplir con sus trabajos y superar las barreras tecnológicas, económicas o relacionadas con su edad. “Siempre fue una persona perseverante, con mucha voluntad y deseos de superación. Eso es un valor que aprecio mucho de ella”, afirmó.

En las aulas universitarias, Oleyda compartió con compañeros mucho más jóvenes que ella, quienes la trataron “como una estudiante más”. Entre trabajos en grupo, apoyo mutuo y largas jornadas de estudio, encontró un espacio donde la edad dejó de ser una barrera.

Su experiencia en la práctica profesional reafirmó el compromiso social que la llevó a escoger Desarrollo Comunitario. Trabajó con estudiantes, padres de familia y docentes en el Centro Educativo Básico General Residencial Vista Alegre, enfocándose especialmente en problemáticas sociales y situaciones de bullying.

Hoy, Oleyda Pérez puede decir con orgullo que alcanzó una meta que durante años pareció imposible: convertirse en Licenciada en Desarrollo Comunitario. Tras sustentar satisfactoriamente su práctica profesional, espera su acto de graduación universitaria rodeada del cariño y admiración de quienes han seguido de cerca su historia.

Su historia no solo habla de perseverancia académica. Habla de segundas oportunidades, de familias que sostienen sueños y de una mujer que demostró que la educación no tiene edad cuando existe voluntad para salir adelante.

Por: Irina Chan Castillo / Foto: Anabel Chen.

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