Cada generación piensa que la siguiente inventó una estupidez. Ahora miramos con cierto asombro a los muchachos de TikTok haciendo poses, exagerando gestos, vistiendo de determinada manera o buscando desesperadamente “farmear aura” y pensamos: ¿qué es lo que les pasa? Como si nuestros padres y abuelos hubieran vivido en una permanente conferencia de filosofía y nosotros hubiéramos descubierto la dignidad humana justo después de inventar la idiotez de siempre.
Los pelaos no han inventado nada nuevo. “Farmear aura” es una expresión “fancy” para explicar una conducta de siempre: construir una identidad, proyectarla y conseguir que los demás la reconozcan. La frase combina el verbo de los videojuegos farmear, o acumular puntos y recursos, con el concepto de aura, asociado al carisma, el estilo o la presencia de un personaje. La acción consiste en realizar gestos, poses o asumir actitudes que proyecten seguridad y confianza para sumar, de forma simbólica, prestigio y admiración ante los demás. Solo que antes no había algoritmos; había calles, esquinas, bailes, canchas, cantinas, salones y barrios. También había público, aunque no viralidad digital.
En otros tiempos, el pachuco, con su enorme zoot suit, su manera de caminar y su lenguaje, estaba diciendo algo antes de abrir la boca: “Yo pertenezco aquí y no soy como ustedes”. El muchacho ranchero vestido de charro, con sombrero, canana, botas, caballo y aquella actitud de macho invencible, hacía exactamente lo mismo.
Asimismo, el rockero de los años cincuenta y sesenta tenía su chaqueta; luego el hippie, su pelo largo; más adelante, el punk lucía su estética antisistema; el breakdancer, sus movimientos inigualables. Cada cual tenía códigos específicos y sabía que una identidad también se podía vestir, bailar y representar.
Por ejemplo, cómo olvidar a los Jets y los Sharks del clásico West Side Story, que tenían hasta uniforme de pertenencia, o a quienes querían caminar por la calle como Tony Manero después de ver Fiebre de sábado por la noche. Todos estaban cultivando su encanto, aunque todavía no existiera la palabra “aura” con la popularidad que tiene hoy.
Es más, existe otro ejemplo curioso: Pedro Navaja. El personaje nació en 1978 en una canción de Rubén Blades, construido con música, lenguaje, actitud callejera y toda una mitología urbana. Seis años después, el cine mexicano lo convirtió en una suerte de activo cultural, venido a menos, con la impronta de Andrés García. El personaje cambió de escenario y adquirió otro cuerpo, otro rostro y otros códigos visuales.
En otras palabras, también allí hubo una especie de “farmeo de aura”: tomar un personaje reconocible, cargarlo de signos, exagerarlos y conseguir que el público diga: ese es Pedro Navaja. Primero fue canción; después, imagen cinematográfica. Aun así, el mecanismo no era tan distinto al de hoy.
Erving Goffman, uno de los grandes referentes de la microsociología, nos ayudó a entender este asunto mucho antes de Instagram: la vida social tiene algo de escenario y nosotros administramos la impresión que producimos en los demás. No solamente somos; también representamos quiénes somos.
Por su parte, Georg Simmel, destacado filósofo y sociólogo alemán, observó cómo la moda permitía simultáneamente pertenecer y diferenciarse. Esa es la paradoja maravillosa: queremos ser parte del grupo, pero también queremos que nuestro grupo sea reconocible frente a los demás. También Pierre Bourdieu, sociólogo y filósofo francés, llevó esa discusión al terreno del capital simbólico: aquello que nos da reconocimiento, posición y valor dentro de un determinado espacio social.
Es curioso que en Panamá también tuvimos nuestros pequeños escenarios de identidad. Algunos jóvenes que bailaban el “pique” en las esquinas del barrio cultivaban su “aura”, con pasos y gestos que eran competencia y declaración de identidad al mismo tiempo. No era solamente baile. Era un ritual de reconocimiento, una manera de decir “aquí estamos” y, de paso, marcar territorio cultural. El pique y el passa passa fueron, en su momento, escenarios urbanos donde se negociaban estatus, creatividad y pertenencia, mucho antes de que alguien pudiera convertir pasos en videos de quince segundos y esperar que el algoritmo hiciera el resto.
Bajo este mismo lente podemos mirar años más tarde a la generación otaku. Hubo quienes se escandalizaron al ver a un joven haciendo la “carrera de Naruto”, gesticulando como un personaje de anime y gastando sus ahorros en un cosplay. O aquellos que buscaban pokemones. Ellos tampoco habían inventado la rueda. Era otra forma de pertenecer, de reconocerse entre iguales y de construir una identidad a partir de códigos compartidos.
El sociólogo francés Michel Maffesoli llamó a este fenómeno neotribalismo: una tendencia de las sociedades contemporáneas a agruparse en pequeñas comunidades alrededor de sensibilidades, gustos y símbolos compartidos. Lo que cambia son los códigos; la necesidad permanece.
Por eso, esta generación no está inventando nada nuevo. Está utilizando nuevos códigos para expresar una vieja necesidad: pertenecer, diferenciarse y conseguir que los demás reconozcan quiénes somos.
Cada época ha tenido su ritual de pertenencia y diferenciación, con sus virtudes y defectos, creatividades y excesos. La diferencia es que antes había que salir a la esquina para que alguien viera tu aura. Hoy basta con abrir TikTok.
En sí, cambian los escenarios, cambian los códigos y hasta cambia el nombre de la vanidad, pero la vieja necesidad sigue ahí: decirle al mundo que existimos, que pertenecemos a algo y que, aunque sea por unos segundos, alguien nos mire y piense: ese tiene algo, pero ahora le dicen “farmear aura”. Nosotros simplemente le decíamos tener “Flow”, te guste o no.
Texto: Rainer Tuñón / Foto: Imagen generada por IA






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