Hace unos días, las redes sociales panameñas y las conversaciones de café con tostadas se calentaron ante una frase pronunciada por una creadora de contenido durante la promoción de un producto doméstico. La expresión comparaba a una persona negra con la versión de un electrodoméstico del mismo color, bajo la aparente intención de hacer un comentario elogioso. La reacción fue inmediata.

Algunos señalaron el carácter racista de la analogía; otros respondieron con el argumento ya conocido de que se trataba de una exageración impulsada por la llamada cultura “woke” o por una sensibilidad excesiva de nuestro tiempo.

La creadora de contenido luego se disculpó y aseguró que jamás hubo intención de ofender. Explicó que habló desde la ingenuidad y sin advertir que estaba tocando fibras sensibles para muchas personas.

Sin embargo, reducir la discusión a una batalla entre “ofendidos” y “anti progres” es una forma cómoda de evitar un problema más profundo. Las manifestaciones del racismo no siempre aparecen mediante insultos abiertos o actos deliberados de discriminación. También pueden expresarse a través de bromas aparentemente inocentes, comparaciones o comentarios cotidianos que reproducen prejuicios históricos sin que quienes los emiten sean plenamente conscientes de ello.

La socióloga brasileña Lélia Gonzalez advertía que el racismo latinoamericano suele operar de manera velada, oculto bajo discursos de cordialidad y mestizaje. De forma similar, el filósofo puertorriqueño Nelson Maldonado-Torres ha explicado cómo la herencia colonial continúa influyendo en nuestras relaciones sociales y en la manera en que valoramos a las personas.

En Panamá, esta discusión tiene una relevancia muy cercana a nuestro diario vivir. Investigadores como los profesores Gerardo Maloney, Raúl Leis y Marcos Gandásegui han señalado que las desigualdades étnicas y raciales no desaparecen simplemente porque una sociedad se defina como mestiza o multicultural. Por el contrario, muchas veces sobreviven de forma silenciosa en los imaginarios colectivos, en los medios de comunicación y en las prácticas cotidianas.

Desde la comunicación social, además, este fenómeno merece una mirada particular. Marshall McLuhan sostenía que los medios no son simples canales para transmitir información, sino espacios que moldean la forma en que percibimos la realidad. En tiempos de redes sociales, una frase pronunciada en segundos puede alcanzar a miles de personas y convertirse en parte de una conversación colectiva mucho más amplia que la intención original de quien la expresó.

El comunicólogo George Gerbner explicaba que la repetición constante de ciertos mensajes contribuye a normalizar percepciones sobre el mundo social. Cuando determinadas asociaciones, estereotipos o representaciones se repiten una y otra vez, terminan adquiriendo apariencia de normalidad. El problema, entonces, no radica únicamente en una expresión aislada, sino en los patrones culturales que ayuda a reforzar.

Por eso, más allá de la polémica puntual, este episodio también ofrece una oportunidad pedagógica. Una persona puede expresarse sin intención de discriminar y, aun así, generar un impacto que merece reflexión. Entender esa diferencia entre intención e impacto no debería verse como un castigo, sino como una posibilidad de aprendizaje colectivo.

La comunicación digital enfrenta además un desafío propio de nuestra época: la velocidad. Las plataformas premian la espontaneidad, la reacción inmediata y la búsqueda constante de atención. Muchas veces se comunica antes de reflexionar. Sin embargo, la capacidad de influir sobre audiencias también implica una responsabilidad ética. Comunicar no es solamente emitir mensajes; es participar en la construcción de significados que influyen en la manera en que las personas se perciben unas a otras.

Cuando descartamos cualquier crítica al racismo como corrección política extrema, perdemos la oportunidad de preguntarnos por qué ciertas comparaciones siguen pareciéndonos normales. Pero esta reflexión va mucho más allá de una expresión puntual o de un grupo específico.

En Panamá convivimos diariamente con etiquetas, bromas y estereotipos que muchas veces repetimos sin mala intención. Ocurre cuando reducimos a las personas a su origen étnico, nacionalidad, religión, condición física, orientación sexual o apariencia. Lo vemos en comentarios sobre afrodescendientes, pueblos indígenas, cholos, gente con limitados recursos económicos, ciudadanos de origen chino, árabe o judío, personas con discapacidad, personas con sobrepeso, personas muy delgadas o miembros de la comunidad LGBTQ+. En muchos casos, quienes utilizan estas expresiones no buscan ofender. El problema es que la repetición constante termina normalizando formas de representación que simplifican la diversidad humana y refuerzan prejuicios heredados durante generaciones.

Las sociedades no cambian únicamente mediante leyes o discursos. También evolucionan cuando son capaces de revisar costumbres, expresiones y actitudes que durante años se aceptaron sin cuestionamientos. Como señalaba el sociólogo Erving Goffman, muchos estigmas sociales sobreviven precisamente porque se incorporan a la vida cotidiana hasta parecer naturales. Lo que hoy consideramos normal fue aprendido culturalmente y, por esa misma razón, también puede ser desaprendido.

En realidad, no se trata de cancelar personas ni de convertir cada error verbal en una sentencia pública. Como explicaba Pierre Bourdieu, el lenguaje posee un poder simbólico capaz de legitimar o cuestionar determinadas relaciones sociales. Las palabras tienen historia, contexto y consecuencias. No solo describen la realidad; también contribuyen a construirla.

Una sociedad madura no es aquella donde nadie se equivoca, sino aquella capaz de examinar críticamente sus errores y aprender de ellos. El problema no radica únicamente en la mala intención de unos pocos, sino en la costumbre de muchos de aceptar determinadas expresiones como algo inofensivo. Quizás la discusión más importante no sea sobre una frase en particular, sino sobre aquello que estamos dispuestos a seguir normalizando en nombre de la costumbre.

En sí, toda forma de comunicación implica también una forma de representación. Cuando hablamos, escribimos o publicamos en redes sociales, transmitimos mucho más que palabras: compartimos visiones del mundo, valores y formas de entender a los demás. Por eso, una democracia saludable no solo necesita libertad para expresarse; también requiere responsabilidad para comprender el impacto social de lo que comunica.

Al final, más allá de la intención de quien emite un mensaje, lo verdaderamente importante es reconocer que las palabras tienen efectos. Construyen significados, refuerzan percepciones y contribuyen a moldear la cultura de una sociedad. Tal vez por eso conviene recordar una verdad tan sencilla como necesaria: las palabras nunca viajan solas.

Texto: Rainer Tuñón C.

Una respuesta a «Más allá de la intención: las palabras nunca viajan solas»

  1. Avatar de Damaris E. Damaris Serrano Guerra
    Damaris E. Damaris Serrano Guerra

    Una reflexión muy sesuda y bien articulada. La pregunta: ¿cómo desaprende la sociedad a quitarle la condición de norma a estos estereotipos, etiquetas y usos?

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